El sábado 3 de enero amanecimos con una noticia que sacudió a Venezuela y rebotó con fuerza en toda Sudamérica y el mundo: el anuncio de una operación de gran escala que habría culminado con la captura de Nicolás Maduro. La reacción fue inmediata y fragmentada. Una mayoría celebró el hecho como el fin —al menos simbólico— de un régimen al que considera dictatorial. Otros rechazaron frontalmente la intervención. Y un grupo intermedio, quizá el más numeroso después del primero, sostuvo una posición incómoda pero razonable: no defiende al chavismo, pero tampoco avala que Estados Unidos, y en particular Donald Trump, decida intervenir donde no ha sido llamado.
Esa tensión define el momento actual. Porque, más allá de los titulares, el régimen chavista no ha caído por completo. El aparato del poder sigue activo; el partido, las fuerzas armadas y las estructuras de control permanecen. Desde el oficialismo se habla de una sucesión encabezada por la vicepresidenta Delcy Rodríguez. Desde Washington, el mensaje ha sido otro: presión directa para que se habilite una transición democrática y se reconozca el resultado de unas elecciones ampliamente cuestionadas por manipulación.
Este escenario obliga a una lectura serena, sin euforia ni consignas.
Venezuela: ¿fin del régimen o inicio de una disputa mayor?
Para millones de venezolanos, la posible salida de Maduro representa la promesa de cerrar un ciclo de deterioro institucional, colapso económico y migración forzada. Sin embargo, la historia reciente del país demuestra que el chavismo es más que una figura. Es una red de poder político, militar y económico que no se disuelve con una captura.
El riesgo inmediato es la ingobernabilidad. Una transición forzada, sin un acuerdo interno mínimo, puede derivar en fracturas dentro de las fuerzas armadas, disputas entre facciones del chavismo y una oposición que, aunque legítima en lo electoral, no ha gobernado en condiciones normales desde hace décadas.
La oportunidad existe, pero no está garantizada. Democracia no es solo remover al líder; es reconstruir reglas, instituciones y confianza social.
Sudamérica: el precedente que inquieta
Aquí emerge la preocupación más profunda de quienes, sin defender a Maduro, rechazan la intervención estadounidense. Si un presidente de Estados Unidos puede ejecutar —o avalar— una operación de este tipo en Venezuela, ¿qué impide que el mismo criterio se aplique en otro país de la región?
Sudamérica arrastra una memoria histórica marcada por intervenciones externas, golpes indirectos y tutelajes disfrazados de orden democrático. Incluso cuando el objetivo parece legítimo, el método importa. La soberanía, frágil pero esencial, no es un concepto abstracto para la región.
La caída de un régimen autoritario no debería convertirse en el argumento para normalizar la injerencia unilateral. De lo contrario, el mensaje es claro y peligroso: el poder se ejerce no por consenso regional o multilateral, sino por capacidad de fuerza.
El mundo: democracia versus orden internacional
En el plano global, el caso venezolano reabre un dilema central del siglo XXI: ¿hasta dónde es legítimo intervenir para restaurar la democracia? Las potencias que hoy celebran la posible salida de Maduro deberán responder mañana cuando otros actores utilicen la misma lógica para justificar sus propias intervenciones.
Trump ha planteado la transición como una condición: o el chavismo facilita el traspaso del poder, o enfrentará consecuencias. Esa narrativa puede acelerar una salida, pero también erosiona los marcos multilaterales que, con todas sus limitaciones, buscan evitar que el mundo funcione bajo la ley del más fuerte.
Entre la celebración y la cautela
Celebrar el fin de una dictadura es humano y comprensible. Ignorar cómo se produce ese fin es irresponsable. Venezuela necesita una transición democrática real, con respaldo popular, garantías institucionales y acompañamiento internacional no tutelar.
Si el régimen chavista se desmorona sin reemplazar el autoritarismo por reglas claras, la victoria será apenas simbólica. Y si la democracia llega de la mano de la imposición externa, Sudamérica habrá ganado un alivio momentáneo, pero perdido un principio fundamental.
La caída de Maduro, si se consolida, no será el final de la historia venezolana. Será apenas el comienzo de una etapa donde la prudencia, más que la euforia, debería guiar el análisis.
