Señales de alerta en niños y adolescentes que no deben pasarse por alto

Foto Neuro Conecta1

Lima, septiembre de 2026.- Detrás de un niño que no logra concentrarse, presenta cambios repentinos en su rendimiento escolar, se muestra constantemente irritable o comienza a aislarse pueden existir diferentes factores emocionales, sociales o relacionados con su neurodesarrollo. Por ello, antes de interpretar estas conductas como rebeldía, flojera o falta de disciplina, es importante observar su frecuencia, duración y el impacto que tienen en su vida cotidiana.

El tema cobra especial relevancia si se considera que aproximadamente el 30 % de niñas, niños y adolescentes en el Perú —alrededor de 3.17 millones— está en riesgo de presentar problemas de comportamiento, emocionales o atencionales, de acuerdo con información difundida por el Ministerio de Salud (Minsa), basada en un estudio conjunto con Unicef en el último año.

Renzo Villanueva, psicólogo clínico, especialista en neurociencia y educación y gerente general de Neuro Conecta, explica que una conducta aislada no necesariamente representa un problema de salud mental o neurodesarrollo. Sin embargo, cuando determinados comportamientos se vuelven persistentes o comienzan a interferir en el ámbito familiar, escolar o social, requieren mayor atención.

“Antes de etiquetar a un niño como distraído, flojo, rebelde o problemático, necesitamos comprender qué está ocurriendo. El comportamiento es una forma de expresión y puede estar relacionado con diferentes factores emocionales, familiares, sociales o propios del neurodesarrollo. Observar el contexto es fundamental para saber cómo acompañarlo”, señala Villanueva.

Conductas clave para observar en la infancia y adolescencia

Entre las situaciones que merecen especial atención dentro del entorno familiar se encuentran:

  • Cambios persistentes en el estado de ánimo o comportamiento: Principalmente cuando el niño o adolescente empieza a reaccionar de manera muy diferente a la habitual.
  • Dificultades frecuentes de atención: Problemas para mantener la concentración, organizar actividades o seguir indicaciones, especialmente si se presentan en diferentes entornos e interfieren con el aprendizaje.
  • Irritabilidad e impulsividad: Reacciones emocionales intensas, impulsividad o dificultad persistente para regular las emociones.
  • Aislamiento social: Pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba o cambios importantes en la relación con familiares y amigos.

Sin embargo, el especialista aclara que la presencia de alguna de estas conductas no significa automáticamente que exista un trastorno. “Una dificultad para concentrarse no significa necesariamente TDAH, de la misma manera que sentirse preocupado no implica tener un trastorno de ansiedad. Una misma conducta puede tener diferentes explicaciones y por eso debemos evitar diagnósticos apresurados”, precisa Villanueva.

Uno de los principales desafíos para las familias es diferenciar los comportamientos propios de cada etapa del desarrollo de aquellos cambios que, debido a su persistencia, intensidad o impacto, podrían requerir orientación profesional. Desde Neuro Conecta se promueve la neuroeducación como una herramienta para acercar conocimientos de psicología, neurociencia y neurodesarrollo a situaciones cotidianas, permitiendo que las familias comprendan mejor lo que ocurre y puedan tomar decisiones informadas.

“Buscar orientación profesional no significa necesariamente que exista un trastorno diagnóstico. También puede ser una herramienta preventiva para comprender una situación, identificar necesidades y encontrar mejores formas de acompañar al niño o adolescente”, concluye Renzo Villanueva.

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