El bienestar de las personas depende de la salud de la naturaleza

La naturaleza es fuente de vida y motor del desarrollo sostenible en el mundo; y en estos tiempos de pandemia de la Covid-19, nos hemos dado cuenta de que es la principal fuente para el cuidado de nuestra salud. Tanto es así, que el bienestar integral de las poblaciones depende en buena medida de la salud de nuestro entorno natural y de nuestros hábitos de consumo.


En ese sentido, se promueve actualmente a nivel global la estrategia de “una sola salud”, que implica un enfoque de interdependencia entre la salud humana y la sanidad animal, vinculadas al buen estado de sus ecosistemas. Esta es una óptica que requiere una intervención intersectorial y multidisciplinaria que contribuye a comprender la dinámica de interacción entre los animales, los seres humanos y el ambiente, y cómo esto influye en la aparición de enfermedades infecciosas.


El “Día Mundial de la Salud”, que se conmemora cada 7 de abril, es una ocasión propicia para reflexionar acerca del impacto de la relación disfuncional con la naturaleza en nuestra salud y bienestar, así como sobre la necesidad de promover las soluciones basadas en la naturaleza en el campo sanitario.


Conservación ambiental y prevención de enfermedades


Entre las lecciones que nos está dejando la pandemia de la Covid-19, está la urgencia de revisar nuestros estilos de vida y adoptar hábitos bastante más sostenibles y respetuosos con la naturaleza, sostuvo el director general de Diversidad Biológica del Ministerio del Ambiente (Minam), José Álvarez.


En esa línea, destacó que cada día se observa a más personas están cambiando algunos de sus hábitos cotidianos, haciendo más actividad física, caminando o manejando bicicleta hacia el trabajo o al mercado; consumiendo productos más naturales y menos procesados, y eligiendo productos con menor huella ambiental. Resaltó que en el Perú es aún incipiente esta tendencia, que es muy fuerte en otros países. Sin embargo, ya se puede apreciar una creciente demanda de productos naturales y orgánicos, y en algunos supermercados ya se encuentran algunos productos con un código QR, con el cual se verifica si son libres de deforestación. 


Hizo un llamado para que estas prácticas sean más comunes en la población, y recomendó que los productos que contengan insumos de la biodiversidad incluyan información sobre su legalidad, equidad con los productores rurales y huella ambiental (de carbono, hídrica, química, etc.). “Así, el consumidor podrá asegurarse de que consume productos saludables para su cuerpo y para el ambiente, y beneficiosos y equitativos para las comunidades rurales que proveen los insumos primarios”, remarcó.


Una mejor convivencia con la naturaleza


Respecto a los determinantes ambientales de la actual pandemia de la Covid-19, José Álvarez indicó que el maltrato a la naturaleza en general, y a los animales en particular, es la causa principal de las últimas pandemias que han afectado al mundo, tales como el SARS, el ébola y la COVID-19. “Los virus han saltado al ser humano desde animales silvestres con elevada carga viral, por el maltrato o el estrés”.


Según explicó, la carga viral no solo se eleva en animales que viven en malas condiciones de cautividad (como ocurre en algunos mercados asiáticos), sino también cuando sus hábitats son fragmentados, degradados y reducidos.


De acuerdo con recientes estudios, el incremento de apenas 1 microgramo por m³ de partículas contaminantes en el aire está asociado con un 8 % de incremento en la tasa de mortalidad por la COVID–19. “Ahí está la conjunción de condiciones favorables para el desastre actual”, afirmó, basándose en los resultados de una investigación elaborada por la Universidad de Harvard.


Consumo responsable


Añadió que entre las condiciones médicas preexistentes (comorbilidades) que incrementan el riesgo de sufrir una grave enfermedad con el contagio por Covid-19, están algunas claramente vinculadas con los hábitos de consumo, como la obesidad, la diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares.


En ese contexto epidemiológico, expresó que, mientras en las comunidades rurales esas enfermedades son muy raras, en las zonas urbanas hay una incidencia muy elevada, “debido al sedentarismo, el estrés y el consumo excesivo de alimentos procesados y ultra procesados ricos en carbohidratos y grasas saturadas, incluyendo gaseosas y cerveza”.


Explicó que en el Perú existen algunos indicadores que corroboran esto: las muertes por COVID–19 en ciudades amazónicas, pese a tener mejor acceso a medicinas, tratamiento hospitalario y oxígeno medicinal, fue muy superior al número de muertes en comunidades indígenas y poblaciones rurales en general.


“En Iquitos, por ejemplo, la tasa de mortalidad durante el 2020 fue de 11.30 fallecidos por 1000 habitantes, mientras que, en distritos rurales con mayoría indígena, como Napo, Alto Nanay o El Tigre, la tasa d mortalidad estuvo entre 1 y 2 por 1000”, subrayó.


También refirió que la población de esa ciudad y otras similares de la Amazonía (Yurimaguas, Contamana o Requena, con tasas de mortalidad muy altas también) está compuesta generalmente por migrantes de las zonas rurales. “La variable más sospechosa para estas marcadas diferencias probablemente no esté en el perfil racial o la genética de las personas, sino en la contaminación urbana: por gases de los carros y motos, el polvo del asfalto y los ruidos excesivos de tubos de escape libres; y en los hábitos de vida y de consumo de la gente, con más tendencia al sedentarismo y al consumo de productos procesados ricos en azúcar, harinas, grasas saturadas, etc.”, refirió.

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